ELENA
La mención de ese hombre hizo que el mundo se tiñera de gris. Sentí que el anillo de Alistair, que hace un momento era un símbolo de protección, se convertía en un grillete de realidad. Julián. No podía ser él. Me había asegurado de borrar mi rastro, de cambiar de ciudad, de empezar de cero para que mis hijas no tuvieran que crecer bajo la sombra de su inestabilidad.
—¿Elena? —la voz de Alistair llegó desde muy lejos. Su mano en mi cintura era lo único que me impedía desplomarme—. Estás