Me quedé ahí, quieta, viendo cómo el humo del servidor subía hacia el techo. Violeta seguía riéndose mientras los empleados se miraban entre ellos con ganas de llorar. Nadie se movía. Nadie le decía nada. Era como si ella fuera un huracán y ellos solo trataran de no salir volando.
—¡Qué cara ponéis! —soltó Violeta, abanicándose con la mano—. Julián dice que para eso paga seguros. ¡No se va a morir nadie por un par de ordenadores fundidos!
Se dio la vuelta, me miró de arriba abajo con un desprec