Salí del despacho. El pasillo estaba lleno de gente que fingía trabajar, pero todos tenían los oídos pegados a la pared. Cuando me vieron aparecer sola, el silencio se volvió pesado. Julián y su "reina de plástico" ya iban camino al ascensor, escoltados por dos guardias que no les permitieron llevarse ni una grapadora.
Caminé hasta el centro de la zona de oficinas y me subí a una silla. No necesitaba micrófonos.
—¡Atención todo el mundo! —grité. Las cabezas se levantaron de golpe—. Mi nombre es