Dos semanas después, Lila regresó a la casa de Madrid para recoger algunas pertenencias, acompañada de la señora Vera. El jardín, donde ella y Rosa solían plantar flores de jazmín, estaba lleno de sombras, pero el sol filtró sus rayos entre los árboles. Justo cuando iba a entrar, escuchó voces: Elián y Sofía estaban en el salón, discutiendo.
—¿Cómo puede decir que el brazalete es suyo? —gritó Sofía, agitando su muñeca donde aún llevaba la pieza de esmeraldas. —Yo lo merezco, soy la única que te