Un mes después de dejar atrás la casa de Madrid, Lila se había instalado en la casa de Toledo, donde el huerto de orégano y los jazmines de Rosa le recordaban cada día el amor que la había protegido. Había reorganizado la casa con cuidado, colocando el brazalete y el anillo de esmeraldas en un pequeño estuche de cuero que su suegra le había regalado, y cada mañana, antes de empezar a trabajar en el proyecto que había ideado —un pequeño taller de jardinería para niñas huérfanas—, la miraba, sint