Los próximos diez días pasaron en un susurro de miedo y esperanza. Me tuve que cambiar de refugio dos veces: la primera vez, porque Thiago había preguntado en todos los refugios de la ciudad; la segunda, porque una vecina había visto mi foto en un cartel de búsqueda y había llamado a la policía. Rosa, la directora del primer refugio, me ayudó a encontrar otros lugares seguros —pequeñas casas de mujeres que querían ayudar, apartadas de la civilización, donde nadie podía encontrarme.
En cada luga