El avión aterrizó en el aeropuerto de San Francisco a las once de la mañana, con el sol brillando más fuerte que nunca. Bajamos y caminamos por el terminal, con la emoción corriendo por nuestras venas. Rubén nos llevó a su coche —un pequeño automóvil azul, lleno de maletas y libros de medicina— y empezamos a conducir hacia la ciudad.
Por la ventana, vi casas de colores pasteles, puentes de hierro rojo, colinas cubiertas de verde. San Francisco era diferente a todo lo que había visto en mi vida