El autobús llegó a la ciudad a la una de la madrugada. La calle estaba vacía, iluminada solo por las farolas amarillas que parpadeaban de vez en cuando. Me bajé con la cartera apretada contra el pecho y caminé hacia la agencia de viajes donde había dejado mi pasaporte y visa. La puerta estaba cerrada, pero había un buzón con una ranura pequeña —allí, como había acordado por teléfono en secreto, estaban mis documentos envueltos en un papel negro. Lo cogí con las manos temblorosas y lo metí en la