El frío de la lluvia golpeando el parabrisas era lo único que me mantenía consciente. El dolor en mi vientre era ahora una presencia sorda, una marea roja que amenazaba con hundirme en la inconsciencia. Conducir con las manos perforadas por las agujas era un acto de voluntad sobrehumana; cada giro del volante enviaba astillas de dolor directamente a mi cerebro, pero no me detuve.
Llegué al punto de encuentro: una clínica clandestina en los suburbios, propiedad de un antiguo contacto de mi padre