La habitación del hospital donde me refugié tras el despliegue policial olía a antiséptico y a una paz extraña, casi antinatural. Mis manos estaban envueltas en gasas blancas y mis mejillas, aún amoratadas, comenzaban a deshincharse. En la pequeña pantalla del televisor colgado en la pared, el mundo presenciaba el fin de una era.
"Caída del Imperio Blackwood", decía el titular en letras rojas.
Las imágenes mostraban a Adrián siendo escoltado por agentes federales. Su rostro, aquel que alguna ve