El dolor en mis manos no era una punzada; era una presencia viva, un incendio que devoraba mis nervios segundo a segundo. Me quedé en el suelo del salón, sola, rodeada por el silencio gélido de la mansión. El rastro de sangre que mis dedos habían dejado al arrastrarme hasta el teléfono parecía una caligrafía del infierno.
Me obligué a levantarme. Cada movimiento era una tortura. Mis dedos estaban hinchados, teñidos de un púrpura negruzco donde las agujas habían violado la carne. Pero mi mente e