Mundo ficciónIniciar sesiónValeria había pasado diez años construyendo murallas alrededor de su corazón, y Dante Esquivel acababa de regresar con una excavadora lista para demolerlas todas.
La sala de conferencias en el piso veintidós del edificio corporativo en Paseo de la Reforma olía a café recién hecho y a la tensión característica de las negociaciones internacionales de alto nivel. Valeria estaba sentada en su cabina de traducción simultánea, con los auriculares puestos y los dedos volando sobre el teclado mientras su voz fluía sin esfuerzo entre español, inglés y mandarín. Los ejecutivos de la empresa automotriz alemana que negociaban con sus contrapartes mexicanas no tenían idea de que la mujer que traducía cada palabra técnica, cada matiz legal, cada amenaza velada entre cortesías corporativas, había pasado la noche anterior sin dormir, obsesionada con un mensaje de texto y un fantasma del pasado.
—El punto tres del contrato especifica claramente que las patentes de los componentes eléctricos permanecerán bajo custodia compartida durante el primer año fiscal —tradujo Valeria al mandarín con una precisión que había perfeccionado durante seis años de trabajar con los clientes más exigentes del mundo corporativo.
Su colega en la cabina contigua, un traductor de francés llamado Roberto que llevaba años intentando invitarla a salir sin éxito, la observaba a través del cristal divisorio con una mezcla de admiración profesional y deseo mal disimulado. Valeria lo ignoró con la práctica de quien ha aprendido a filtrar las atenciones no deseadas como si fueran ruido de fondo.
La conferencia duró tres horas y media. Cuando finalmente terminó, con los contratos firmados y los apretones de manos intercambiados, Valeria salió de su cabina con la misma expresión serena y profesional que mantenía durante todas sus asignaciones. Nadie habría adivinado que por dentro sentía como si estuviera a punto de explotar.
El camino hacia su oficina privada en el piso diecinueve fue interrumpido por su asistente, Lucía, una mujer de cuarenta y cinco años con el cabello teñido de un rojo brillante y una lealtad inquebrantable que Valeria había comprado con un salario generoso y beneficios excepcionales.
—Llegó esto para usted hace una hora —dijo Lucía, señalando hacia la puerta de cristal de la oficina de Valeria con una expresión que mezclaba curiosidad y algo que parecía preocupación—. El mensajero dijo que era urgente. Personal.
Valeria abrió la puerta y se detuvo en seco.
Su escritorio minimalista de acero y vidrio estaba cubierto por un ramo de peonias blancas tan abundante que parecía haber explotado como una nube de nieve perfumada en medio de la austeridad de su espacio de trabajo. Eran exactamente del tipo que había elegido para su boda hace diez años. El mismo tono de blanco perlado. El mismo aroma dulce que la había hecho cerrar los ojos y soñar con un futuro que nunca llegó.
Las manos de Valeria se cerraron en puños a sus costados mientras caminaba hacia el escritorio con pasos medidos. Entre las flores, una tarjeta de papel grueso descansaba contra el jarrón de cristal. La levantó con dedos que no temblaron, aunque todo su cuerpo quería hacerlo.
La caligrafía era inconfundible. Elegante, ligeramente inclinada hacia la derecha, con esa ese que Dante siempre hacía con un flourish innecesario.
"Perdóname. Dame una oportunidad de explicar. Casa Bellavista, 8 PM. Estaré esperando. Siempre he estado esperando."
Valeria arrugó la tarjeta en su puño con tanta fuerza que el papel se desintegró en pedazos irregulares. Luego, con movimientos deliberados, tomó el ramo completo —el jarrón, las flores, todo— y lo arrojó directamente al cesto de basura junto a su escritorio. El cristal se estrelló contra el metal con un ruido satisfactorio que hizo que Lucía apareciera en la puerta con los ojos muy abiertos.
—¿Todo bien, jefa?
—Perfectamente —respondió Valeria con una voz que sonaba demasiado controlada para ser natural—. Si ese mensajero vuelve, dile que cualquier envío adicional será rechazado y reportado como acoso.
Lucía observó las flores destrozadas en el cesto de basura con una expresión que sugería que había visto esta escena desarrollarse demasiadas veces con demasiados hombres diferentes.
—Otro admirador rechazado, entonces.
—Este no es un admirador —dijo Valeria, sentándose en su silla de cuero y encendiendo su computadora con un clic que sonó como una sentencia—. Es un fantasma que debió quedarse muerto.
El teléfono de Valeria vibró antes de que Lucía pudiera responder. El nombre en la pantalla hizo que su mandíbula se tensara: Camila.
Valeria deslizó el dedo sobre la pantalla y respondió con la voz llena de una dulzura fabricada que había perfeccionado durante años de fingir afecto familiar.
—Hola, Cami.
—¡Hermana! —la voz de Camila sonaba emocionada, burbujeante con esa felicidad inconsciente que Valeria alternaba entre envidiar y despreciar—. ¿Estás libre para almorzar hoy? Quiero presentarte formalmente a Alonso. Sé que lo conociste brevemente en la fiesta de compromiso, pero nunca han tenido una conversación real, y tu opinión es muy importante para mí.
La ironía golpeó a Valeria como un martillo. Conocía a Alonso íntimamente. Conocía el sabor de su piel, el sonido de sus gemidos, la forma exacta en que sus dedos se enterraban en su cabello cuando estaba a punto de perder el control. Pero Camila no sabía nada de eso. Camila solo veía a su hermana mayor, la mujer exitosa e independiente que siempre tenía tiempo para ella.
—Claro —respondió Valeria, revisando su agenda con un ojo mientras mentía con el otro—. ¿Dónde?
—En el Rosemary a la una. ¡Eres la mejor! Te amo, hermana.
—Yo también te amo —mintió Valeria antes de colgar.
Lucía había desaparecido discretamente, dejando a Valeria sola con sus pensamios y las flores destrozadas que seguían perfumando el aire con el aroma de promesas rotas. Valeria se levantó de su escritorio y caminó hacia el ventanal que ofrecía una vista panorámica de la Ciudad de México extendiéndose bajo el cielo gris de octubre.
Tenía tres horas para prepararse para un almuerzo donde tendría que sentarse frente al hombre con quien se había acostado la noche anterior y fingir que era solo la hermana curiosa y protectora. Tres horas para construir la armadura perfecta que necesitaría para sobrevivir a la farsa.
Valeria regresó a su departamento en Polanco a las doce del mediodía. El espacio era exactamente como ella: minimalista, frío, inmaculado. Paredes blancas, muebles de líneas limpias, ninguna fotografía personal, ningún recuerdo sentimental. Era el tipo de lugar donde alguien vivía pero nunca realmente habitaba.
Se duchó con agua casi hirviendo, dejando que el calor quemara la tensión de sus músculos. Luego se paró frente a su closet, observando las filas de ropa cuidadosamente organizada por color y ocasión, y eligió su armadura para la batalla que se avecinaba.
Un vestido azul marino de Diane von Furstenberg que se ajustaba a su cuerpo como una segunda piel pero mantenía una línea profesional y elegante. Tacones nude de Jimmy Choo que alargaban sus piernas sin gritar por atención. Maquillaje impecable pero sutil. Y lo más importante: el perfume Narciso Rodriguez que sabía, por experiencia directa, que volvía absolutamente loco a Alonso Garcés.
Mientras se rociaba el perfume en las muñecas y el cuello, Valeria se miró en el espejo y vio a una mujer que había convertido la manipulación en un arte. No sentía culpa. No sentía remordimiento. Solo sentía el frío placer del control absoluto.
El restaurante Rosemary estaba ubicado en una esquina elegante de Polanco, con ventanas enormes que permitían que la luz natural bañara el interior decorado con plantas verdes y muebles de madera clara. Era el tipo de lugar donde la clase alta mexicana iba a ser vista almorzando ensaladas de quinoa y discutiendo sus próximas vacaciones en Europa.
Camila ya estaba sentada en una mesa junto a la ventana cuando Valeria llegó. Su hermana menor se levantó inmediatamente, con una sonrisa que iluminó todo su rostro. Llevaba un vestido blanco con flores bordadas que gritaba "futura novia" desde cada puntada. Su cabello rubio caía en ondas perfectas sobre sus hombros, y sus ojos azules brillaban con una felicidad tan genuina que hizo que algo en el pecho de Valeria se retorciera incómodamente.
—¡Hermana! —Camila la abrazó con un entusiasmo que Valeria correspondió con movimientos mecánicos—. Estás hermosa. Siempre estás hermosa. ¿Verdad que mi hermana es hermosa, Alonso?
Fue entonces cuando Valeria permitió que sus ojos se desplazaran hacia el hombre sentado frente a Camila.
Alonso Garcés se había puesto de pie al mismo tiempo que Camila, pero su expresión era completamente diferente. Llevaba un traje gris oscuro que Valeria reconoció inmediatamente porque había ayudado a quitárselo dos noches atrás. Su cabello castaño estaba peinado hacia atrás, y sus ojos verdes la observaban con una mezcla de pánico, deseo y algo que parecía peligrosamente cercano a la adoración desesperada.
—Mucho —respondió él, y su voz sonó ronca—. Tienen buenos genes.
Valeria extendió su mano con una sonrisa perfectamente calibrada.
—Un placer volver a verte, Alonso. Camila no deja de hablar de ti.
Cuando sus manos se tocaron, sintió cómo los dedos de Alonso se cerraron alrededor de los suyos con más fuerza de la necesaria, sosteniéndola un segundo más de lo socialmente aceptable. Camila no pareció notar nada, ocupada llamando al mesero para pedir una botella de vino blanco.
Se sentaron. Valeria directamente frente a Alonso, con Camila a su derecha, completamente ajena a la corriente eléctrica que fluía entre los otros dos ocupantes de la mesa.
—Entonces —comenzó Camila, con las manos entrelazadas sobre la mesa como una niña emocionada—, quiero que se conozcan de verdad. Alonso, mi hermana es la mejor traductora de toda la ciudad. Habla como cinco idiomas y trabaja con empresas internacionales enormes. Es brillante.
—Estoy seguro —dijo Alonso, sin apartar los ojos de Valeria—. Se nota que es una mujer de muchos talentos.
El doble sentido en sus palabras hizo que Valeria sintiera una chispa de irritación. Era demasiado obvio, demasiado descuidado. Camila podría ser ingenua, pero no era estúpida.
—Y Valeria —continuó Camila, girándose hacia su hermana con ojos llenos de adoración—, Alonso es increíble. Su empresa importa productos de lujo de toda Asia. Acaba de cerrar un contrato enorme con distribuidores japoneses. Es súper inteligente y ambicioso.
El pie de Valeria encontró el tobillo de Alonso debajo de la mesa. Lo vio tensarse inmediatamente, con los nudillos blancos alrededor de la copa de agua que acababa de levantar. Ella deslizó su pie más arriba, rozando su pantorrilla con una presión deliberada, mientras mantenía su expresión completamente serena.
—Suena impresionante —dijo Valeria, tomando un sorbo de su propia agua—. ¿Cómo se conocieron ustedes dos?
—En una gala benéfica hace seis meses —respondió Camila, con las mejillas sonrosadas por el vino que acababan de servir—. Yo estaba ayudando a mamá con la organización, y Alonso era uno de los patrocinadores principales. Bailamos una pieza, y fue... mágico.
El pie de Valeria presionó más fuerte contra la pierna de Alonso. Lo vio tragar saliva, con la mandíbula tensa.
—Qué romántico —murmuró Valeria.
El almuerzo continuó en una tortura exquisita. Camila hablaba sin parar sobre los planes de la boda: el vestido que había encontrado en una boutique exclusiva en Miami, las flores que había elegido (rosas blancas y lirios, porque las peonias estaban fuera de temporada), el lugar que habían reservado en Cuernavaca. Alonso asentía en los momentos correctos, pero sus ojos seguían desviándose hacia Valeria, quien jugaba con él como un gato con un ratón atrapado.
Fue cuando Camila se inclinó hacia adelante, con los ojos brillando con emoción contenida, que todo cambió.
—Hermana, tengo que pedirte algo muy importante —dijo ella, tomando las manos de Valeria entre las suyas—. Mi dama de honor original tuvo que cancelar porque consiguió un trabajo en Japón. Y yo... Valeria, tú eres mi única hermana. Mi mejor amiga. ¿Serías mi dama de honor?
Alonso se atragantó con el vino. Literalmente. Comenzó a toser violentamente mientras Camila le daba palmadas en la espalda con preocupación. Valeria observó la escena con una calma que no sentía, con su mente calculando las implicaciones de lo que Camila acababa de pedir.
Ser la dama de honor significaba estar en primera fila para la destrucción que estaba orquestando. Significaba ayudar a Camila a prepararse para un matrimonio que Valeria estaba saboteando activamente. Significaba mirar a su hermana a los ojos cada día durante las próximas semanas mientras se acostaba con su prometido.
—Me encantaría —respondió Valeria, y su sonrisa podría haber congelado el infierno.
Camila gritó de felicidad, atrayendo las miradas de las otras mesas. Se levantó de su silla para abrazar a Valeria con tanta fuerza que casi la levantó del asiento. Por encima del hombro de su hermana, Valeria vio la expresión de Alonso. Horror. Pánico absoluto. Y debajo de todo eso, deseo tan intenso que era casi palpable.
—Voy al baño —anunció Camila, liberando a Valeria y secándose las lágrimas de felicidad que habían comenzado a rodar por sus mejillas—. Necesito retocar mi maquillaje. Vuelvo enseguida.
En el momento en que Camila desapareció hacia el fondo del restaurante, Alonso se inclinó sobre la mesa con la urgencia de un hombre al borde del colapso.
—Tenemos que parar esto —dijo él, con la voz baja y desesperada—. Esto se está saliendo de control, Valeria. No puedo seguir mintiéndole a Camila. No puedo casarme con ella cuando todo lo que quiero...
—¿Es qué? —lo interrumpió Valeria con una frialdad que cortó sus palabras como un cuchillo—. Ya paró, Alonso. Lo que pasó entre nosotros fue un error. Ahora tú eres solo el prometido de mi hermana. Nada más.
—Mentira —siseó él, con los ojos verdes ardiendo con una intensidad que la habría conmovido si ella fuera capaz de ser conmovida—. Sé que sentiste lo mismo que yo. Sé que esto es más que solo...
—No es nada —dijo Valeria, recostándose en su silla con una expresión de aburrimiento estudiado—. Fue sexo, Alonso. Buen sexo, lo admito. Pero solo sexo. Y ahora se terminó.
—No puedo dejar de pensar en ti —confesó él, y había algo roto en su voz que hizo que Valeria sintiera una punzada de algo que podría haber sido culpa si ella fuera capaz de sentir culpa—. Cada vez que miro a Camila, te veo a ti. Cada vez que la beso, imagino que eres tú. Esto me está destruyendo.
—Entonces aprende a vivir con ello —respondió Valeria sin pestañear—. Porque no voy a destruir la felicidad de mi hermana por un capricho tuyo.
La hipocresía de sus propias palabras la golpeó como una ola, pero la apartó con la práctica de años de ignorar su propia conciencia.
Camila regresó en ese momento, con el maquillaje retocado y una sonrisa que iluminaba toda la habitación. Se sentó al lado de Alonso, tomó su mano, y anunció con una emoción que hizo que el estómago de Valeria se retorciera:
—Tengo más noticias emocionantes. Mamá y papá hablaron con los padres de Alonso, y decidieron adelantar la boda. Ya no será en diciembre. Será en seis semanas. El quince de noviembre. ¿No es maravilloso? No puedo esperar para ser la señora Garcés.
El teléfono de Valeria vibró en su bolso en ese preciso momento. Lo sacó con dedos que no temblaron, aunque sintió cómo Alonso la observaba con una mezcla de desesperación y algo más oscuro.
El mensaje era de Dante. Por supuesto que era de Dante.
"Si no vienes esta noche, iré a buscarte. Y creo que no querrías que apareciera en tu oficina... o en la boda de tu hermana. Nos vemos a las 8 PM. No me hagas buscarte."
Era una amenaza apenas velada. Valeria escribió su respuesta con una sonrisa que hizo que Alonso se tensara visiblemente.
"Ahí estaré. Pero no para lo que tú esperas."
Levantó la vista de su teléfono y vio a Camila observándola con curiosidad.
—¿Todo bien, hermana?
—Perfectamente —respondió Valeria, guardando el teléfono y levantando su copa de vino en un brindis—. Por tu boda. Por tu felicidad. Por todo lo que mereces.
Las copas chocaron con un tintineo cristalino que sonó como una sentencia de muerte.
Y Valeria sonrió mientras el mundo que había construido tan cuidadosamente comenzaba a desmoronarse a su alrededor.







