3

Entrar a Casa Bellavista era como cruzar las puertas del infierno, excepto que el diablo usaba traje Armani y esperaba a Valeria con una copa de vino que ella una vez prometió beber en su luna de miel.

El departamento de Valeria en Polanco estaba sumido en un silencio que vibraba con la tensión de las decisiones imposibles. Eran las seis y media de la tarde, y ella estaba parada frente al espejo de cuerpo completo en su habitación, observando a una mujer que reconocía y al mismo tiempo le parecía completamente extraña. Su closet estaba abierto detrás de ella, con docenas de opciones colgando en perchas ordenadas por color, pero sus manos habían regresado una y otra vez al mismo vestido negro.

Era un Saint Laurent de corte impecable, con mangas largas y un escote que sugería sin revelar, ceñido al cuerpo pero con una elegancia que mantenía todo a raya. No era seductor. Era una declaración de guerra envuelta en seda italiana.

Valeria se lo puso con movimientos mecánicos, subiendo el cierre lateral con dedos que temblaron apenas perceptiblemente. Se detuvo cuando notó el temblor, observando sus propias manos como si pertenecieran a otra persona. En diez años, no había temblado por ningún hombre. En diez años, había mantenido el control absoluto sobre cada situación, sobre cada emoción, sobre cada maldito latido de su corazón.

Pero Dante Esquivel no era cualquier hombre. Era el arquitecto de su destrucción original. El hombre que le había enseñado que el amor era solo otra palabra para traición.

—Voy a destruirlo —susurró Valeria a su reflejo, aplicando el delineador negro con una precisión quirúrgica—. Voy a hacer que se arrastre. Voy a hacer que sienta cada segundo del dolor que me causó.

Pero sus manos seguían temblando.

El maquillaje que eligió era perfecto: base impecable que daba a su piel un acabado mate y porcelanoso, labios rojos como una herida abierta, pestañas tan oscuras y largas que enmarcaban sus ojos color miel con una intensidad casi violenta. Se recogió el cabello castaño oscuro en un moño bajo y elegante, dejando que algunos mechones enmarcaran su rostro con una despreocupación estudiada.

Cuando terminó, la mujer en el espejo era una obra maestra de armadura femenina. Hermosa. Letal. Completamente intocable.

Excepto por esas malditas manos que no dejaban de temblar.

El trayecto en taxi hasta Casa Bellavista en Lomas de Chapultepec tomó veinticinco minutos que se sintieron como una eternidad y un parpadeo simultáneamente. Valeria observó las luces de la ciudad pasar por la ventana mientras su mente repasaba todas las formas en que podía destruir a Dante. Podía ser fría. Podía ser cruel. Podía mirarlo a los ojos y hacerle creer que él no significaba absolutamente nada.

Podía mentir mejor que nadie en el mundo. Excepto, tal vez, a sí misma.

Casa Bellavista era exactamente el tipo de lugar que Dante elegiría: exclusivo hasta el punto de la obscenidad, con una terraza en el último piso que ofrecía vistas panorámicas de la Ciudad de México extendiéndose como un océano de luces hasta el horizonte. El maitre la reconoció inmediatamente cuando dio el nombre de la reservación, lo cual significaba que Dante había dejado instrucciones específicas.

—La señorita Santibáñez —dijo el hombre con una reverencia que olía a dinero gastado generosamente—. El señor Esquivel la está esperando en la terraza VIP. Por favor, permítame escoltarla.

Valeria lo siguió a través del restaurante, consciente de las miradas que la seguían. El vestido negro se movía contra su piel como una segunda capa de armadura mientras subían las escaleras de hierro forjado que llevaban a la sección privada del último piso.

Y entonces lo vio.

Dante Esquivel estaba de pie junto a la barandilla de cristal de la terraza, con la vista nocturna de la ciudad brillando detrás de él como un millón de estrellas caídas. Llevaba un traje Armani de color gris carbón que probablemente costaba más que el alquiler mensual de la mayoría de las personas en esta ciudad, con la chaqueta abierta y la corbata aflojada de una manera que sugería que había estado esperando durante mucho tiempo.

Cuando escuchó los pasos de Valeria, se giró, y el mundo se detuvo.

Diez años. Habían pasado diez años desde la última vez que Valeria lo había visto en persona, pero su cerebro había guardado cada detalle como si fuera una fotografía grabada a fuego en su memoria. Seguía siendo devastadoramente hermoso, con ese tipo de belleza masculina que solo se perfeccionaba con la edad. El cabello negro que solía caer sobre su frente ahora estaba peinado hacia atrás con producto, revelando pómulos que podrían haber sido esculpidos por un artista renacentista. Sus ojos seguían siendo de ese color ámbar oscuro que la había hipnotizado cuando tenía dieciocho años.

Pero había algo diferente. Algo roto.

Las líneas alrededor de sus ojos hablaban de noches sin dormir. La tensión en su mandíbula hablaba de batallas perdidas. Y la forma en que la miraba —Dios, la forma en que la miraba— era como si ella fuera agua en el desierto y él hubiera estado caminando durante diez años buscándola.

Valeria se obligó a no sentir nada. Se obligó a mantener su expresión neutra mientras caminaba hacia la mesa privada donde dos copas de vino tinto ya estaban servidas.

—Valeria —dijo Dante, y su voz sonaba exactamente como la recordaba: profunda, levemente ronca, con ese acento que mezclaba la Ciudad de México con años vividos en Europa—. Gracias por venir.

—No me diste muchas opciones —respondió ella, sentándose sin esperar a que él le ofreciera la silla—. Las amenazas veladas tienden a ser efectivas.

Algo que podría haber sido dolor cruzó el rostro de Dante antes de que él lo ocultara detrás de una máscara de control. Se sentó frente a ella, con sus manos entrelazadas sobre la mesa de mármol blanco.

—No era mi intención amenazarte. Era mi intención hacerte entender que necesito hablar contigo. Que he necesitado hablar contigo durante diez años.

—Entonces tal vez debiste hacerlo hace diez años —replicó Valeria, tomando la copa de vino sin beber de ella—. Antes de enviarme un mensaje de texto dos días antes de nuestra boda diciéndome que te casabas con otra mujer.

Las palabras salieron con más veneno del que había planeado. Dante se encogió como si lo hubiera golpeado físicamente.

—Fue la decisión más cobarde y estúpida de mi vida —dijo él, con la voz llena de un arrepentimiento que sonaba demasiado real para ser fingido—. Y no pasa un solo día en que no me arrepienta de cómo lo manejé. De cómo te lastimé.

—No me lastimaste —mintió Valeria con una facilidad que había perfeccionado durante una década—. Me liberaste. Me enseñaste una lección muy valiosa sobre confiar en las promesas de los hombres.

Dante la estudió con esos ojos ámbar que parecían ver demasiado.

—Mi padre estaba en bancarrota —dijo él finalmente, con la voz tensa—. La empresa que había construido durante treinta años estaba a punto de colapsar. Deudas que superaban los cincuenta millones de pesos. Acreedores amenazando con llevarlo a la cárcel. Mi madre estaba enferma del corazón, el estrés la estaba matando literalmente.

Valeria escuchó sin cambiar su expresión, aunque algo dentro de ella se tensó.

—Los Obregón ofrecieron un rescate financiero —continuó Dante, con las manos apretadas en puños sobre la mesa—. Minerva y su padre aparecieron como ángeles salvadores. Pagarían todas las deudas, invertirían capital nuevo, salvarían a mi familia de la ruina. A cambio de una sola cosa.

—Tú —dijo Valeria, y su voz sonó hueca incluso para sus propios oídos.

—Yo —confirmó Dante, asintiendo—. Minerva dijo que estaba embarazada. Que el hijo era mío. Que si no me casaba con ella, abortaría y se aseguraría de que mi familia perdiera todo. Tenía dieciocho años, Valeria. Estaba aterrado. Mi padre me rogó que lo hiciera. Mi madre lloró y me dijo que la familia era lo primero.

Las palabras golpeaban como puños, cada una abriendo heridas viejas que Valeria había creído completamente cicatrizadas.

—Entonces te casaste con ella —dijo Valeria, sin emoción—. Y me enviaste un mensaje de texto. Ni siquiera tuviste las agallas de decírmelo a la cara.

—Fui un cobarde —admitió Dante, con la voz quebrada—. El día de mi boda con Minerva descubrí que no había ningún embarazo. Fue una mentira desde el principio. Pero ya era demasiado tarde. Ya había firmado los contratos. Ya había destruido lo único bueno que tenía en mi vida.

Valeria tomó un sorbo largo de vino, sintiendo cómo el líquido quemaba todo el camino hacia abajo. No podía permitirse sentir lástima. No podía permitirse creerle. No podía permitirse nada excepto el frío control que la había mantenido a salvo durante diez años.

—Mi matrimonio con Minerva fue un infierno —continuó Dante, con los ojos fijos en los de Valeria—. Ella era controladora, manipuladora, emocionalmente abusiva. Me amenazaba constantemente con destruir a mi familia si intentaba dejarla. Vivimos en Europa durante nueve años porque ella quería alejarme de todo lo que conocía. Y durante cada uno de esos días, solo pensé en ti.

—Qué romántico —dijo Valeria con un sarcasmo que cortaba como cristal—. Te casaste con otra mujer, viviste con ella durante casi una década, y todo ese tiempo pensabas en mí. Debería sentirme halagada.

—Deberías sentirte furiosa —respondió Dante, inclinándose sobre la mesa con una intensidad que hizo que algo en el pecho de Valeria se retorciera—. Deberías odiarme. Tienes todo el derecho de odiarme. Pero no me digas que no sientes nada. No cuando sé que investigué tu vida, que sé que no has tenido una sola relación seria en diez años.

La furia explotó en Valeria como una bomba nuclear.

—Te atreves —siseó ella, con la voz baja y letal— a venir aquí después de diez años, a contarme tu triste historia de victimización, y a asumir que mi vida ha girado alrededor tuya. Que he estado esperándote como una idiota enamorada.

Se puso de pie tan bruscamente que la silla se tambaleó detrás de ella.

—No siento nada por ti, Dante. Nada. Te superé hace años. He tenido docenas de amantes desde entonces, y ninguno ha significado nada porque yo elegí que no significaran nada. Porque aprendí que el amor es una mentira y que el único control real es nunca entregarte completamente a nadie.

Dante también se puso de pie, rodeando la mesa con movimientos lentos y deliberados hasta quedar a solo centímetros de Valeria.

—Mírame a los ojos —dijo él, con la voz apenas un susurro— y dime que no sientes nada.

Valeria levantó la barbilla, encontrando su mirada directamente. Sus ojos color miel se clavaron en los ojos ámbar de Dante con una firmeza que había practicado durante años.

—No siento nada por ti —dijo ella, y la mentira salió tan perfecta, tan convincente, que casi se la creyó a sí misma.

Casi.

Porque algo dentro de ella —algo pequeño y roto y enterrado tan profundamente que había olvidado que existía— se quebró con esas palabras.

Dante la estudió durante un largo momento. Luego, una sonrisa lenta y peligrosa se dibujó en sus labios.

—Entonces demuéstralo —dijo él, con la voz cargada de un desafío que hizo que el pulso de Valeria se acelerara—. Bésame ahora mismo, con toda la frialdad que dices tener, y si no siento nada, me iré y no volveré a molestarte nunca más.

Valeria debió haberlo rechazado. Debió haber salido de ese restaurante sin mirar atrás. Debió haber mantenido su armadura intacta y su corazón protegido.

En lugar de eso, aceptó el desafío.

Se acercó a Dante con movimientos lentos y deliberados, sintiendo cómo el espacio entre ellos se cargaba de electricidad. Sus ojos nunca dejaron los de él mientras levantaba una mano, colocándola contra su pecho, sintiendo el latido errático de su corazón debajo de la camisa de seda.

—Esto no significa nada —susurró ella, antes de cerrar la distancia y presionar sus labios contra los de él.

El mundo explotó.

No fue un beso suave. Fue una guerra declarada con lenguas y dientes y diez años de rabia y dolor y amor enterrado que salió a la superficie como lava de un volcán. Dante la atrajo contra su cuerpo con manos que temblaban, y Valeria se aferró a sus hombros como si estuviera ahogándose y él fuera el único punto de anclaje en un océano tormentoso.

Todo lo que había intentado enterrar durante una década resurgió en ese beso. El sabor de él era exactamente como lo recordaba: menta y promesas rotas. La forma en que sus manos se enterraban en su cabello era exactamente como en sus sueños más oscuros. La manera en que su cuerpo encajaba contra el de ella era como si los diez años nunca hubieran existido.

Cuando finalmente se separaron, jadeando, con las frentes apoyadas una contra la otra, Valeria sintió cómo las lágrimas amenazaban con desbordarse. Pero se negó a dejarlas caer.

—Mentirosa —susurró Dante contra sus labios, con la voz ronca de triunfo y dolor mezclados—. Sientes exactamente lo mismo que yo.

Valeria se apartó como si la hubieran quemado. Su armadura estaba en pedazos a sus pies, y la aterraba más que cualquier cosa en el mundo.

Sin decir palabra, se giró y corrió hacia las escaleras, con sus tacones resonando contra el piso de mármol como disparos. Detrás de ella, escuchó cómo Dante gritaba su nombre, pero no se detuvo. No podía detenerse.

El estacionamiento de Casa Bellavista estaba iluminado por luces tenues que creaban sombras largas entre los autos de lujo. Valeria salió del elevador tambaleándose, con el maquillaje corrido y el corazón destrozado, buscando desesperadamente un taxi.

Y entonces vio el Mercedes negro.

Alonso Garcés estaba recostado contra su auto, con los brazos cruzados sobre el pecho y una expresión en su rostro que mezclaba furia, celos y algo más oscuro. Detrás de él, dos hombres de negocios salían del restaurante, riendo y despidiéndose con promesas de futuras reuniones.

Los ojos de Valeria se encontraron con los de Alonso, y supo inmediatamente que él había visto todo. La terraza VIP era visible desde la sección inferior del restaurante. Él había estado ahí, cenando con clientes, y había presenciado cada segundo de su encuentro con Dante.

—¿Quién es él, Valeria? —preguntó Alonso, con la voz peligrosamente tranquila mientras se alejaba de su auto y caminaba hacia ella—. ¿Quién es el hombre que te hace correr como si el mundo estuviera terminando?

Valeria abrió la boca para responder, pero antes de que pudiera articular palabra, su teléfono comenzó a vibrar violentamente en su bolso. Lo sacó con manos temblorosas y vio el nombre en la pantalla: Mamá.

Contestó sin pensar, necesitando cualquier excusa para no responder la pregunta de Alonso.

—¿Mamá?

La voz de Guadalupe Santibáñez llegó a través de la línea como una sentencia de muerte, fría y controlada como siempre.

—Valeria. Necesito que vengas a la casa mañana a primera hora. Las nueve en punto. Tu padre y yo tenemos algo importante que decirte sobre la boda de Camila... y sobre tu futuro.

La forma en que dijo "tu futuro" hizo que algo helado se deslizara por la columna de Valeria.

—¿Qué está pasando?

—Mañana —repitió Guadalupe, y colgó sin más explicaciones.

Valeria se quedó parada en el estacionamiento, con el teléfono en la mano, mientras Alonso la observaba con ojos que exigían respuestas y Dante probablemente la buscaba dentro del restaurante.

El mundo que había construido tan cuidadosamente durante diez años se estaba derrumbando, y ella estaba en el centro del colapso, incapaz de detenerlo.

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