4

La casa familiar de los Santibáñez olía a dinero viejo y secretos más viejos aún, y Valeria estaba a punto de descubrir que su vida nunca había sido realmente suya.

El amanecer llegó sin piedad y encontró a Valeria completamente despierta en su departamento de Polanco, con los ojos fijos en el techo blanco mientras los primeros rayos de luz se filtraban a través de las cortinas que había olvidado cerrar. No había dormido ni un solo minuto. Cada vez que cerraba los ojos, veía el rostro de Dante a centímetros del suyo, sentía el sabor de sus labios, escuchaba su voz susurrando "mentirosa" contra su boca.

Y luego veía a Alonso, recostado contra su Mercedes en el estacionamiento, con esa expresión de traición que había cortado algo dentro de ella que ni siquiera sabía que aún podía sentir.

Valeria se levantó de la cama con movimientos que se sentían mecánicos, casi robóticos. Sus pies descalzos tocaron el piso de madera fría mientras caminaba hacia el baño, encendiendo las luces con un interruptor que parecía requerir toda su concentración. La mujer que la miraba desde el espejo era una extraña.

El maquillaje de la noche anterior estaba corrido en manchas oscuras bajo sus ojos. Su cabello castaño, que había estado perfectamente recogido en un moño elegante, ahora colgaba en mechones desordenados alrededor de su rostro. Pero lo que más la asustaba era la expresión en sus propios ojos color miel. Había algo roto ahí. Algo vulnerable que no había visto en diez años.

¿Quién era ella realmente? ¿La mujer fría y calculadora que se acostaba con el prometido de su hermana sin remordimientos? ¿O la chica de dieciocho años que todavía lloraba por dentro cada vez que recordaba cómo Dante la había abandonado?

El teléfono de Valeria vibró violentamente sobre el tocador de mármol, haciéndola saltar. El nombre en la pantalla hizo que su estómago se retorciera: Alonso.

Contestó sin pensarlo, con la voz ronca por la falta de sueño.

—¿Alonso?

—¿Estás jugando conmigo, Valeria? —la voz de Alonso llegó a través de la línea como un látigo, llena de una furia que ella nunca había escuchado antes—. ¿Es eso lo que soy para ti? ¿Un maldito juego?

Valeria cerró los ojos, apoyándose contra el lavabo con una mano que temblaba.

—No sé de qué hablas.

—No me mientas —gruñó Alonso, y ella podía imaginarlo perfectamente: caminando de un lado a otro en alguna habitación, pasándose la mano por el cabello con esa frustración que había visto en él tantas veces—. Te vi anoche. En Casa Bellavista. Con él. Lo besaste como si el mundo estuviera terminando y él fuera el único que pudiera salvarte.

La acusación dolió más de lo que Valeria estaba dispuesta a admitir.

—Nunca te dije que fueras el único —respondió ella con una frialdad que no sentía, construyendo las murallas de nuevo ladrillo por ladrillo.

—Pero tampoco dijiste que había alguien más —replicó Alonso, con la voz quebrándose en los bordes—. ¿Es él, verdad? El ex que te dejó. El que te rompió tan completamente que decidiste nunca volver a sentir nada.

El silencio de Valeria fue respuesta suficiente.

Alonso soltó una risa amarga que sonó como cristales rompiéndose.

—No voy a competir por ti, Valeria. No voy a pelear por migajas de tu atención mientras tú sigues obsesionada con un fantasma del pasado. O estás conmigo de verdad, o...

—¿O qué? —lo interrumpió Valeria, con una crueldad que usaba como escudo—. ¿Te casas con mi hermana como estaba planeado? Perfecto. Hazlo. Ella te merece más de lo que yo jamás podría.

Colgó antes de que Alonso pudiera responder, apretando el teléfono contra su pecho mientras las manos le temblaban con tanta violencia que tuvo que sentarse en el borde de la bañera para no caerse.

Las horas hasta las nueve de la mañana pasaron en una neblina. Valeria se duchó, se vistió con un traje pantalón color gris perla de Stella McCartney, se maquilló lo suficiente para ocultar las ojeras pero no lo suficiente para parecer que había hecho un esfuerzo. Recogió su cabello en una coleta baja y simple. Se puso aretes de perlas discretos. Era la armadura de la hija perfecta asistiendo a una reunión familiar importante.

Excepto que no tenía idea de qué la esperaba.

La mansión Santibáñez estaba ubicada en una de las calles más exclusivas de Coyoacán, escondida detrás de muros altos cubiertos de buganvilias fucsia y puertas de hierro forjado que habían sido importadas de España tres generaciones atrás. Valeria estacionó su auto en la entrada circular, observando la fachada colonial con sus balcones de cantera y sus ventanas con rejas ornamentadas que parecían más prisión que protección.

La casa olía exactamente como siempre: a cera de velas caras, a flores frescas cambiadas diariamente, a los perfumes franceses que su madre usaba religiosamente, y debajo de todo eso, al peso sofocante de las expectativas familiares que habían definido cada momento de su infancia.

La empleada doméstica, Consuela, una mujer de sesenta años que había trabajado para la familia desde antes de que Valeria naciera, la recibió en la puerta con una expresión que mezclaba afecto y algo que parecía lástima.

—Buenos días, señorita Valeria. Su familia la espera en el estudio del señor.

El estudio de Ernesto Santibáñez estaba en el segundo piso, con ventanas que daban al jardín interior donde su madre cultivaba rosas que ganaban premios en exhibiciones de jardinería de la alta sociedad. Las paredes estaban forradas con estantes de libros que nadie leía, decoración más que literatura, y el escritorio de caoba oscura dominaba el espacio como un trono desde donde su padre había dictado las reglas de sus vidas durante décadas.

Ernesto Santibáñez estaba sentado detrás de ese escritorio cuando Valeria entró. Era un hombre de sesenta y dos años con el cabello gris perfectamente peinado hacia atrás, el bigote recortado con precisión militar, y ojos oscuros que habían evaluado y descartado a miles de personas en su carrera como empresario inmobiliario. Llevaba un traje de tres piezas a pesar de que era sábado por la mañana, porque Ernesto Santibáñez nunca permitía que algo tan trivial como un fin de semana interfiriera con la imagen de poder absoluto.

Guadalupe Santibáñez estaba de pie junto a la ventana, con la luz de la mañana iluminando su perfil aristocrático. A sus cincuenta y ocho años, seguía siendo una mujer hermosa de una manera fría y calculada: cabello rubio platinado recogido en un chignon impecable, perlas auténticas alrededor de su cuello, un vestido color crema de Carolina Herrera que probablemente costaba más que el salario mensual de la mayoría de las personas en esta ciudad.

Y en el sofá de cuero junto a la chimenea apagada estaba Camila, con los ojos rojos e hinchados de haber llorado, retorciendo un pañuelo entre sus dedos con movimientos nerviosos.

Valeria sintió cómo algo frío se deslizaba por su columna vertebral.

—Cierra la puerta —ordenó Ernesto sin preámbulos, sin levantarse, sin ofrecer ningún saludo.

Valeria obedeció, girando el pestillo con un clic que resonó como una sentencia. Caminó hacia el centro de la habitación, negándose a sentarse aunque nadie le había ofrecido hacerlo.

—¿Qué está pasando? —preguntó ella, manteniendo su voz neutra.

Ernesto se recostó en su silla de cuero, con los dedos entrelazados sobre el escritorio en una pose que Valeria reconoció inmediatamente: era la que usaba cuando estaba a punto de cerrar un trato que beneficiaba solo a él.

—El Grupo Santibáñez está en crisis financiera —dijo él sin rodeos, sin suavizar el golpe—. Inversiones que hice en el sector hotelero el año pasado resultaron ser desastrosas. Perdimos setenta millones de pesos en seis meses. Los bancos están presionando por el pago de préstamos. Los acreedores amenazan con llevarnos a juicio.

Valeria parpadeó, procesando la información. Su padre nunca admitía debilidad. El hecho de que estuviera confesando esto significaba que la situación era mucho peor de lo que estaba diciendo.

—¿Y? —preguntó ella, aunque ya sabía que la respuesta no le iba a gustar.

—La boda de tu hermana con Alonso Garcés no es una historia de amor —intervino Guadalupe desde la ventana, con su voz modulada con la perfección de décadas de entrenamiento en alta sociedad—. Es una fusión empresarial. El Corporativo Garcés está dispuesto a invertir capital en nuestra empresa a cambio de la unión familiar.

Camila sollozó suavemente en el sofá. Valeria la miró y vio que su hermana ya sabía todo esto. Probablemente se lo habían dicho antes de que ella llegara.

—Pero los Garcés pusieron una condición adicional —continuó Ernesto, con los ojos fijos en Valeria como un halcón evaluando a su presa—. Exigen que ambas hijas Santibáñez se comprometan en matrimonios estratégicos. Camila con Alonso, como ya está planeado. Y tú...

El mundo se detuvo.

—Tú te casarás con el socio principal del Corporativo Garcés —terminó Guadalupe—. Un hombre que se unió a la empresa hace seis meses después de su divorcio en Europa. Aportó capital extranjero, conexiones internacionales, y puso una condición muy específica para el trato.

Valeria sabía la respuesta antes de que su madre la dijera. Lo supo por la forma en que su estómago se hundió, por la forma en que el aire pareció escaparse de la habitación.

—Dante Esquivel —dijo Guadalupe, y el nombre cayó como una bomba nuclear en medio del estudio—. Está dispuesto a invertir cincuenta millones de dólares en nuestra empresa... si tú aceptas casarte con él en una ceremonia doble con tu hermana.

El silencio que siguió fue tan denso que Valeria podía escuchar su propio pulso martillando en sus oídos.

—¿Me están vendiendo? —las palabras salieron de su boca antes de que pudiera detenerlas, cargadas de una furia que había estado conteniendo durante toda la conversación.

—Te estamos salvando —respondió Guadalupe con una frialdad que podría haber congelado el infierno—. A ti, a tu hermana, a esta familia. A todo lo que hemos construido durante generaciones.

Valeria se giró hacia su padre, buscando algún signo de humanidad, de arrepentimiento, de algo que no fuera la calculadora implacable que veía en sus ojos.

—¿Y si me niego?

Ernesto no pestañeó.

—La empresa quiebra. Perdemos esta casa. Perdemos nuestra reputación. Tu hermana pierde su futuro matrimonio. Los empleados que han trabajado para nosotros durante décadas pierden sus trabajos. Tu madre y yo perdemos todo por lo que hemos trabajado.

—Eso no es mi problema —escupió Valeria.

—Es exactamente tu problema —replicó Ernesto, inclinándose sobre el escritorio—. Eres una Santibáñez. Este apellido viene con responsabilidades. Con sacrificios. Y ahora te toca hacer el tuyo.

—Al menos tú tendrás a alguien que te ama —susurró Camila desde el sofá, con la voz quebrada por las lágrimas—. Dante está obsesionado contigo. Todo el mundo puede verlo. Yo... —su voz se quebró completamente— yo ni siquiera sé si Alonso me quiere.

La ironía golpeó a Valeria como un puñetazo en el estómago. Su hermana la envidiaba por ser forzada a casarse con Dante, sin saber que Valeria se había estado acostando con su prometido durante semanas.

—Tendrás un contrato matrimonial —dijo Ernesto, empujando un folder de cuero a través del escritorio—. Después de dos años, puedes solicitar el divorcio y quedarte con veinte millones de dólares como compensación. Independencia financiera completa. Libertad absoluta.

Valeria tomó el folder con manos que no temblaron, aunque todo su cuerpo quería hacerlo. Lo abrió y vio páginas y páginas de letra legal, cláusulas, términos, condiciones. Su vida reducida a un contrato comercial.

—Esto es prostitución legalizada —dijo ella, cerrando el folder con un golpe seco.

—Esto es supervivencia —respondió Ernesto sin emoción—. Y tienes hasta el lunes para decidir. La boda será en seis semanas. Ceremonia doble. Prensa controlada. Todo planeado al detalle.

Valeria dejó el folder sobre el escritorio y se giró hacia la puerta sin decir palabra. Camila la llamó con voz desesperada, pero ella no se detuvo. Guadalupe dijo algo sobre "responsabilidad familiar", pero las palabras se perdieron en el rugido de sangre en los oídos de Valeria.

Bajó las escaleras, cruzó el vestíbulo, salió por la puerta principal hacia el aire fresco de la mañana que se sentía como libertad después de la prisión de ese estudio.

Y entonces lo vio.

Dante Esquivel estaba recostado contra su Tesla negro estacionado frente a la mansión, con los brazos cruzados sobre el pecho y una expresión que mezclaba arrepentimiento y determinación. Llevaba jeans oscuros y una camisa blanca con las mangas enrolladas hasta los codos, más casual de lo que ella lo había visto nunca, pero de alguna manera aún más devastadoramente hermoso.

—Sé que tus padres te lo dijeron —dijo él cuando Valeria se detuvo a tres metros de distancia—. Sé que crees que soy un monstruo por esto.

—Eres peor que un monstruo —respondió Valeria con una voz que sonaba sorprendentemente calmada—. Eres un hombre tan obsesionado y patético que está dispuesto a comprarme como si fuera una propiedad.

Dante no negó la acusación. En lugar de eso, dio un paso hacia ella, con los ojos ámbar llenos de una intensidad que hizo que algo en el pecho de Valeria se retorciera.

—No fue mi idea inicial —admitió él—. Pero cuando los Garcés me ofrecieron la oportunidad de tenerte de nuevo, la tomé sin dudar. Llámame lo que quieras. Obsesivo. Manipulador. Desesperado. Pero soy un hombre que cometió el peor error de su vida hace diez años, y estoy dispuesto a hacer lo que sea necesario para corregirlo.

El teléfono de Valeria vibró en su bolso. Lo ignoró. Vibró de nuevo. Y de nuevo.

Lo sacó con frustración y vio tres notificaciones:

Alonso: "Necesito verte. Ahora. Es urgente."

Camila: "Hermana, ¿tú sabías algo de esto? ¿Sabías que Dante iba a hacer esto?"

Y un tercero de un número desconocido que hizo que su sangre se congelara: "Tengo fotografías de ti y Alonso Garcés juntos. Si no quieres que tu familia las vea, necesitamos hablar. Pronto."

Valeria levantó la vista del teléfono y miró a Dante, quien la observaba con una expresión que sugería que sabía exactamente lo que acababa de leer. Luego miró hacia la mansión donde su familia la estaba vendiendo al mejor postor. Luego hacia su auto donde podía escapar de todo esto.

Pero no había escape. No realmente. Estaba atrapada en una red que ella misma había ayudado a tejer con sus mentiras y sus juegos de venganza.

Se subió a su auto sin responder a Dante, sin mirar atrás. Cerró la puerta con tanta fuerza que el sonido resonó en la calle silenciosa. Sus manos se aferraron al volante mientras un grito de frustración pura explotó desde su garganta, llenando el espacio confinado del vehículo con toda la rabia y el dolor que había estado conteniendo.

Se miró en el espejo retrovisor y vio a una mujer al borde del colapso. Pero debajo de la desesperación, algo más oscuro comenzó a despertar. Algo peligroso.

—Está bien —susurró Valeria a su propio reflejo, con los ojos brillando con una determinación que no había sentido en años—. Si quieren jugar sucio, les mostraré quién inventó el maldito juego.

Arrancó el auto con violencia, con las llantas chirriando contra el pavimento mientras se alejaba de la mansión, de Dante, de su familia, de todo.

Pero no podía escapar de sí misma. Y esa era la verdad más aterradora de todas.

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