La mano de Alonso se deslizaba por debajo del vestido de Valeria mientras, tres pisos arriba, su hermana brindaba por su futuro matrimonio con el hombre que gemía el nombre equivocado en la oscuridad.El callejón detrás del restaurante La Europea olía a basura húmeda y pecado recién cometido. El Mercedes negro de Alonso Garcés estaba estacionado en las sombras, con las ventanas empañadas por el calor de dos cuerpos que no deberían estar juntos. La música del salón de eventos en el tercer piso se filtraba débilmente hasta el asfalto mojado, una melodía alegre que celebraba un futuro que Valeria estaba destruyendo metódicamente con cada beso robado.Los dedos de Alonso encontraron el encaje de su ropa interior, y Valeria dejó escapar un suspiro que no era completamente fingido. Había algo adictivo en la traición, en el sabor prohibido de los labios de un hombre que pertenecía a otra mujer. Especialmente cuando esa otra mujer era Camila Santibáñez, la hermana perfecta, la hija favorita,
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