Adentro, Celina caminaba como quien pisa sobre vidrios rotos, intentando no hacerse más pedazos de los que ya estaba.
Apenas llegaron a la sala, Tatiana dejó la maleta de Celina en un rincón y la condujo hasta el sofá. Se sentó a su lado, sujetándole las manos temblorosas.
— Siéntate, amiga. Respira —pidió con cariño—. No tienes que ser fuerte ahora, solo tienes que estar aquí. Por tus hijos… por ti.
Celina se derrumbó otra vez, recostando la cabeza en el hombro de su amiga. Su cuerpo temblaba,