Después de unas dos horas, la habitación de Celina estaba sumida en una penumbra suave. Las cortinas entreabiertas dejaban entrar una luz tímida, tiñendo las paredes de tonos melancólicos. Celina permanecía recostada, cubierta hasta la cintura, el cabello suelto y ligeramente revuelto. Su mirada perdida en el techo delataba el torbellino interno que todavía no se apagaba. Sentada a su lado, Tatiana acomodaba una compresa fría en su frente, como quien cuida de una hermana herida —no en el cuerpo