El coche avanzaba en silencio por las calles casi desiertas. La ciudad dormía, ajena al dolor que desbordaba en el asiento del copiloto. Celina miraba por la ventana, pero no veía nada. Sus ojos estaban nublados, no solo por las lágrimas, sino por todo lo que le habían arrebatado.
Mientras Gabriel conducía, mantenía una mano firme sobre la de ella, presente, constante.
Ella apretaba los puños sobre el regazo, intentando contener el temblor que se empeñaba en adueñarse de su cuerpo. Cada recuerd