El silencio en la casa era tan absoluto que Zoe podía escuchar el leve zumbido del refrigerador.
Se acercó al sillón junto a la pared de vidrio. Con un movimiento lento, corrió la cortina, y la ciudad apareció ante ella, iluminada por los faros de los pocos autos que cruzaban las avenidas. La madrugada tenía ese tono azulado y frío, pero al mismo tiempo acogedor.
Levantó los ojos hacia el cielo, casi invisible entre los edificios, y murmuró:
—Sé que dije que Tú no existías cuando mi vida se dio