Zoe cerró la cortina, apagó la luz del velador y caminó de regreso al dormitorio. Se recostó de lado, acurrucándose entre los brazos de Arthur. Incluso dormido, él la abrazó de inmediato, como si su cuerpo supiera que ella lo necesitaba.
Y fue allí, en el calor de ese abrazo, donde su mente por fin empezó a desacelerar.
Zoe se quedó completamente dormida. Su cuerpo, extenuado, había cedido al fin. En el silencio del cuarto, su respiración se volvió profunda, pausada.
Y fue en ese estado cuando