El coche avanzaba por la avenida mojada. Los neumáticos cortaban los charcos con violencia. El pecho de Arthur parecía a punto de estallar. Las luces de los postes se reflejaban borrosas en el parabrisas como fantasmas huyendo. El mundo a su alrededor ya no era real. Solo ruido, velocidad y culpa.
En el cruce adelante, el semáforo cambió de verde a amarillo. Pero Arthur no frenó.
Ni dudó.
Ni vio.
Todo era un borrón. Zoe gritando. Aquella frase que jamás imaginó que ella llegaría a descubrir.
—¡