El ascensor se cerró detrás de Luz, y el silencio del edificio la envolvió.
Estaba agotada. Había sido un día eterno en el orfanato: revisiones, niños, llamadas, y esa sensación de haber cargado el mundo entero sobre los hombros.
Al abrir la puerta de su departamento, el aroma a comida la recibió como un abrazo cálido.
Frunció el ceño, intrigada.
Se sacó los zapatos, dejó el bolso sobre la mesa y caminó hacia la cocina.
Zeus no estaba en su sillón habitual, el que solía reclamar como trono pers