La mañana en la clínica era fría y silenciosa.
Los pasillos estaban tranquilos, pero el aire pesaba. En la sala de espera, Joel, Michelle y Armand aguardaban desde hacía horas, observando cada puerta con ansiedad, esperando que alguien los dejara entrar a ver a Carmen.
Joel tenía las manos entrelazadas sobre las rodillas. No hablaba. Michelle no dejaba de mirar su celular, y Armand, más serio que nunca, intentaba mantenerlos firmes.
Fue entonces cuando el eco de pasos firmes rompió la calma.
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