Había pasado una hora desde el ingreso de Carmen.
El silencio del pasillo se rompía solo por el sonido distante de las máquinas y los pasos apurados del personal médico.
Isabella salió finalmente del área de diagnóstico, vestida con su bata blanca, el cabello recogido con precisión y los ojos marcados por el cansancio.
En cuanto Michelle, Joel y Armand la vieron, se pusieron de pie al instante.
El más alterado era Joel; su expresión mezclaba miedo y esperanza.
—¿Qué tiene? —preguntó con voz que