El sol de la tarde entraba tibio por la ventana de la habitación del hospital. Anna se miró en el espejo del baño, inclinando apenas el rostro hacia la derecha.
—Está horrible —murmuró con un suspiro.
—Pequeña, ni se nota —dijo Lissandro, apoyado en el marco de la puerta con una sonrisa—. No te preocupes por eso.
—No me gusta… —insistió ella, tocándose la pequeña cicatriz en la sien.
Él se acercó despacio, con esa mirada que siempre la desarmaba.
—A mí sí me gusta —susurró antes de empezar a ll