En la habitación del hospital, la luz tenue del atardecer se filtraba por las cortinas, bañando de dorado las paredes. Lissandro estaba sentado al borde de la cama, sosteniendo con suavidad la mano de Anna. Sus dedos acariciaban los suyos con ternura, y de vez en cuando, besaba sus nudillos como si necesitara esa calma para poder hablar.
—Amor… —susurró ella, notando su semblante serio—. Dime qué pasa. ¿Ocurrió algo con la tumba de Leandro?
Lissandro respiró hondo, sin soltar su mano.
—Sí, algo