La habitación del hospital parecía más una sala de reuniones familiar que una sala de recuperación.
El sol entraba por la ventana y la risa de Anny y Marie resonaba en el aire, llenando cada rincón de vida.
Cristian, medio reclinado sobre las almohadas, rodaba los ojos con resignación, mientras sus primas no paraban de molestarlo.
—Mira, estos son los últimos modelos de chalecos antibalas que hizo tío Lucca, le envió varios a Silvano y a Lucien.
Marie, cruzada de brazos, añadió con un bufido:
—