El auto negro se detuvo frente al orfanato. El aire olía a flores recién regadas y pan dulce, y el sonido de las risas infantiles llenaba el ambiente.
En el asiento del copiloto, Luz jugueteaba con sus dedos, intentando calmarse.
—Estoy nerviosa —murmuró—. No sé si… si voy a causar buena impresión.
Leandro, al volante, giró la cabeza hacia ella con su sonrisa ladeada.
—Tranquila —dijo con voz serena—. Todo saldrá bien. Vamos, te acompaño.
Luz respiró hondo y asintió.
El motor se apagó, las puer