El sol de la tarde se filtraba por las cortinas blancas de la habitación, bañando todo con una luz cálida y serena.
Cristian estaba recostado, con la bandeja aún frente a él y restos del almuerzo en la mesa. Luz le limpiaba la boca con una servilleta húmeda, con esa paciencia que solo ella podía tener para alguien tan odioso como él.
—Ya está, —susurró con una sonrisa suave—, ni un grano de arroz sobrevivió a la batalla.
—Tú eres peor que las enfermeras —bromeó él, intentando tomarle la mano.
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