La noche en Milán se había vestido de oro y fuego.
Las luces de la ciudad entraban por los ventanales del departamento, tiñendo las sábanas blancas donde Anna y Lissandro se perdieron una y otra vez, entre risas, besos y promesas susurradas en la penumbra.
Él fue paciente y salvaje, delicado y dominante, todo a la vez.
Y cuando finalmente el silencio reinó, solo quedaron sus respiraciones entrelazadas, el perfume a piel y el murmullo lejano de los autos recorriendo la ciudad dormida.
Anna abrió