La tarde caía tranquila sobre la casa de Michelle.
El aire olía a pan recién horneado y a flores frescas; las cortinas blancas se mecían con la brisa, y el sonido del agua corriendo en la fuente del jardín llenaba el ambiente de paz.
Carmen ya estaba en casa, recostada en el sofá con una manta suave sobre las piernas.
Joel no se apartaba de su lado: cada vez que ella se movía, él estaba ahí, atento, como si temiera que pudiera desaparecer si dejaba de mirarla.
Armand leía en voz alta uno de sus