Anna estaba enredada en los brazos de Lissandro.
Su cabeza descansaba sobre su pecho, una pierna cruzada sobre la suya, como si su cuerpo hubiera decidido que ese era el único lugar seguro del mundo. Él estaba despierto desde hacía rato, observándola respirar, memorizando cada gesto como si temiera olvidarlo.
Se inclinó y le besó la frente.
Luego la mejilla.
Luego el borde de los labios.
—Pequeña… —susurró.
Anna se removió apenas, frunciendo el ceño con sueño.
—Mmm…
—Vamos —dijo él con voz suave—. Debes comer algo. El almuerzo ya está listo.
Ella se abrazó más a su torso, negando con la cabeza.
—No quiero… —murmuró—Quiero quedarme aquí contigo.
Lissandro sonrió.
—¿Te parece si pido que lo traigan a la cama?
Anna abrió un ojo.
—Me encantaría.
Él tomó el celular sin moverse demasiado para no despertarla del todo. Dio una orden breve. Minutos después, golpearon suave en la puerta.
Lissandro se levantó a buscar la bandeja mientras Anna se revolvía en la cama como un gatito, estirándose, a