Anna estaba enredada en los brazos de Lissandro.
Su cabeza descansaba sobre su pecho, una pierna cruzada sobre la suya, como si su cuerpo hubiera decidido que ese era el único lugar seguro del mundo. Él estaba despierto desde hacía rato, observándola respirar, memorizando cada gesto como si temiera olvidarlo.
Se inclinó y le besó la frente.
Luego la mejilla.
Luego el borde de los labios.
—Pequeña… —susurró.
Anna se removió apenas, frunciendo el ceño con sueño.
—Mmm…
—Vamos —dijo él con voz suav