Leandro, por favoooor… —protestó Agatha, cruzándose de brazos—, déjame hacer mis cosas, ya estoy bien.
—No —respondió él sin dudar, con ese tono firme que usaba cuando se le activaba el modo protector—. No hasta que estés completamente curada, mi niña. Perdiste mucha sangre… y además, ¿qué tiene de malo quedarse en casa y tener un CEO como esclavo personal?
Agatha rodó los ojos con exageración.
—Eres insufrible —murmuró, aunque una sonrisa traicionera apareció en sus labios.
En ese momento, llamaron a la puerta. Leandro se acercó, la levantó con cuidado y la dejó sentada en el sofá antes de ir a abrir.
—Saúl, pasa. ¿Cómo va todo?
—Señor —dijo el hombre entrando con una carpeta—, todo va bien. Solo traigo unos papeles para que firme.
Agatha, desde el sofá, alzó la voz sin ningún pudor.
—Claro, como si fueras a decir que algo va mal delante de mí.
Leandro soltó una risa baja mientras firmaba, sin levantar la vista.
—Aquí tienes —dijo entregándole los documentos—. Y recuerda, cualquier p