La camioneta avanzaba por el camino de tierra, dejando atrás el bosque y el eco lejano de los disparos.
Adentro, el mundo se había reducido a dos.
Lissandro iba sentado en el asiento trasero, con Anna acomodada sobre sus piernas, abrazándola fuerte, como si soltarla fuera una posibilidad inconcebible. Un brazo firme alrededor de su espalda; el otro, apoyado en su cintura, marcando un límite claro entre ella y todo lo que quedaba afuera.
Anna se acurrucó más contra su pecho.
Cerró los ojos, respiró ese aroma amaderado… pólvora, cuero, metal… y él, el olor que había extrañado cada segundo de cautiverio.
Hundió el rostro en su cuello, embriagándose de esa presencia que la anclaba a la realidad.
—Debo estar horrible… —murmuró, con la voz todavía frágil.— Llevo más de un mes sin darme una ducha desente y arreglarme.
Lissandro bajó la cabeza hasta rozarle el cabello con los labios.
—Estás tan hermosa como siempre, pequeña —susurró— Podrías usar un saco de papas y seguirías siendo lo más her