El sol subía detrás de las montañas, dejando en el aire un brillo dorado que se deslizaba entre los pinos.
El silencio era casi sagrado: solo el crujido de las ramas y el murmullo del viento entre los árboles acompañaban el paso tranquilo de Anna y Lissandro, caminando tomados de la mano por el sendero cubierto de hojas secas.
El aire era fresco, puro, con ese aroma tan particular de las alturas: madera, tierra, y la promesa cercana de nieve.
Lissandro levantó la vista hacia el cielo y sonrió apenas.
Las nubes se acumulaban en lo alto, blancas, densas, como si el invierno quisiera anunciarse con elegancia.
—Va a nevar pronto —dijo, con ese tono sereno que usaba cuando observaba el mundo con paciencia de estratega.
Anna lo miró, sonriendo.
—¿De verdad? Amo ver nevar, La primera vez que vi nevar fue cuando me pediste matrimonio acá en este mismo lugar.
Lissandro apretó su mano.
—Entonces hoy recordaremos ese día —respondió—. Quedémonos un poco más.
Siguieron subiendo la colina, el camin