El sol subía detrás de las montañas, dejando en el aire un brillo dorado que se deslizaba entre los pinos.
El silencio era casi sagrado: solo el crujido de las ramas y el murmullo del viento entre los árboles acompañaban el paso tranquilo de Anna y Lissandro, caminando tomados de la mano por el sendero cubierto de hojas secas.
El aire era fresco, puro, con ese aroma tan particular de las alturas: madera, tierra, y la promesa cercana de nieve.
Lissandro levantó la vista hacia el cielo y sonrió a