La noche había caído sobre la ciudad como un manto de terciopelo.
Desde el ventanal de la oficina de Leandro San Marco, las luces de los edificios se reflejaban en los cristales, extendiéndose como ríos dorados en la oscuridad.
Él se recostó en su silla, cansado, los dedos masajeando el puente de la nariz.
Había pasado más de doce horas frente a documentos, contratos y videollamadas.
A su lado, Saúl, su sombra más leal, revisaba los últimos informes sin levantar la vista.
El silencio solo se rompía por el zumbido del aire acondicionado y el leve tecleo de un informe en la laptop.
Hasta que la puerta se abrió suavemente.
—¿Puedo interrumpir al CEO más gruñón de la ciudad? —dijo una voz femenina, dulce, pero cargada de picardía.
Leandro bajó la mano de su rostro.
Y la sonrisa apareció antes que las palabras.
Allí estaba Agatha, de pie junto a la puerta, con un vestido color vino que resaltaba su piel dorada y una sonrisa que le iluminaba los ojos.
Por un instante, el cansancio de Leandr