La primera luz del amanecer se colaba por las cortinas de lino, tiñendo la habitación con tonos dorados y suaves.
El silencio era absoluto, solo roto por el sonido del viento entre los pinos y el lejano canto de los pájaros que despertaban en el bosque.
La chimenea aún conservaba un rescoldo tenue, y el aire tenía ese aroma dulce a madera quemada que impregnaba la piel.
El desorden en la habitación hablaba por sí solo: las sábanas revueltas, una camisa colgando del respaldo de la silla, la bote