La primera luz del amanecer se colaba por las cortinas de lino, tiñendo la habitación con tonos dorados y suaves.
El silencio era absoluto, solo roto por el sonido del viento entre los pinos y el lejano canto de los pájaros que despertaban en el bosque.
La chimenea aún conservaba un rescoldo tenue, y el aire tenía ese aroma dulce a madera quemada que impregnaba la piel.
El desorden en la habitación hablaba por sí solo: las sábanas revueltas, una camisa colgando del respaldo de la silla, la botella de vino vacía en el suelo y un rastro de ropa que se perdía hasta la puerta.
Anna abrió los ojos despacio.
Tardó unos segundos en ubicarse, en recordar dónde estaba, hasta que la visión frente a ella la hizo sonreír con ternura: Lissandro, dormido boca abajo, medio cubierto por la sábana, la espalda descubierta, marcada por la luz del sol que entraba oblicua por la ventana.
Su respiración era profunda, rítmica.
El cabello despeinado caía sobre la almohada, y el brazo extendido ocupaba casi t