La mañana se presentó fría, con el aire del bosque colándose por las rendijas de la cabaña. Sin embargo, entre las mantas todo era calor. Anna dormía profundamente, acurrucada como un gatito, con las mejillas sonrosadas y el cabello revuelto sobre la almohada.
Lissandro, en silencio, se había levantado temprano. La imagen de ella envuelta en las sábanas lo había hecho sonreír con un calor en el pecho que no conocía. Se calzó un pantalón cómodo, encendió la estufa de la cocina y comenzó a prepara