Ella es mía ahora.
La sala del departamento quedó helada en cuanto la puerta se cerró tras ellos. El aire olía a perfume, a café frío y a la tensión que se había acumulado desde la noche anterior. Anna dejó la mochila en un sillón con manos que no dejaban de temblar; la sonrisa que traía de la cabaña se había petrificado al ver a Leandro sentado, impasible, con un vaso de whisky casi intacto entre los dedos.
Él levantó la vista con esa calma cortante que tantos años le había servido para imponer su voluntad. Sus