Su mente se nubla; el deseo es confuso, incontrolable, casi febril.
No sabe qué sucede exactamente.
Busca su teléfono con torpeza y logra marcar el número de Lancelot.
Lancelot lo toma después de cuatro timbres.
—Dionisio, estaba a punto de llamarte, me leíste la mente.
— Lancelot...
Se alarma, escucha como si Dionisio estuviera llorando, respirando agitado.
—Qué sucede...estoy de camino conduciendo. ¿Estás hablando de la ducha?
—Si...Lance… no me siento bien —murmuró con voz débil, casi temblorosa, mientras sollozaba—. Creo que me dieron algo…
—¿Qué? ¿Qué te dieron?
— No lo sé...ven rápido...te necesito.
Lancelot se imaginó lo peor.
— Llegaré rápido.
Lancelot metió el pie en el acelerador hasta el fondo.
Media hora después, el sonido del motor del camión rompió el silencio de la tarde.
Lancelot saltó del vehículo antes de que este se detuviera del todo y corrió hacia la mansión.
—¡Dionisio! —gritó, subiendo las escaleras.
Empujó la puerta de la habitación y escuchó el agua correr.
El