Cuando Dionisio despertó
le dolía todo, como si hubiera corrido una maratón emocional.
Abró los ojos y lo primero que vio fue el techo enmaderado ya su lado Lancelot abrazándolo.
Luego sintió el peso de una manta sobre su pecho —y la pierna de Lancelot envolviéndola— él sonaba débilmente. La tela olía a sudor y aún estaba húmeda por las lagrimas.
— Gracias por consolarme— murmura.
Se incorporó despacio sin despertarlo y se fue al baño. Tenía la garganta seca, la cabeza pesada y el corazón hecho un desastre.
La noche anterior había sido… demasiado.
Lágrimas, confesiones, un beso que todavía le temblaba en los labios y, por encima de todo, esa voz grave que lo arrulló hasta que el sueño lo venció. Salió del baño y ya Lancelot no estaba en la cama.
Suspiré, se pasó una mano por el cabello y murmuró para sí mismo:
—Qué vergüenza, seguro me vio dormir babeando.
El reloj marcaba las nueve y media.
Demasiado tarde para alguien que solía estar de pie antes del alba.
Se vistió rápido, con la p