El fuego crepitaba frente a ellos, y las sombras de la fogata bailaban sobre sus rostros. Las risas de los huéspedes resonaban con la música de fondo en sus propias burbujas.
Lancelot lo observaba en silencio. Dionisio tenía la piel dorada por el sol, los ojos encendidos por el reflejo del fuego, y esa sonrisa que le partía el alma en dos.
En ese instante, lo supo: no había un momento más perfecto que ese.
Se levantó despacio.
—Quédate ahí —le dijo, con una voz tan seria que Dionisio arqueó una ceja, medio confundido.
—¿Qué pasa?
—Nada. Solo descansa un rato para luego ir al restaurante.
—Quiero crema de camarones.
Lancelot se acercó y tomó el celular para enviar algunos mensajes. Minutos después metió la mano en el bolsillo de su pantalón de lino y respiró hondo. El corazón le latía tan fuerte que juraba que el océano podía oírlo.
Entonces, frente a la fogata, con el sonido del mar de fondo y la brisa moviendo las palmeras, se arrodilló.
Dionisio parpadeó, sin entender.
—Lancelot… ¿q