El fuego crepitaba frente a ellos, y las sombras de la fogata bailaban sobre sus rostros. Las risas de los huéspedes resonaban con la música de fondo en sus propias burbujas.
Lancelot lo observaba en silencio. Dionisio tenía la piel dorada por el sol, los ojos encendidos por el reflejo del fuego, y esa sonrisa que le partía el alma en dos.
En ese instante, lo supo: no había un momento más perfecto que ese.
Se levantó despacio.
—Quédate ahí —le dijo, con una voz tan seria que Dionisio arqueó una