Llanto en la pradera

El silencio fue brutal.

Dionisio quedó inmóvil. Su rostro perdió color.

— ¿Qué dijiste? —susurró.

—Lo que oyó —replicó ella, con los ojos llenos de lágrimas y una sonrisa torcida—. Su padre y yo éramos amantes.

Lancelot presionó la mandíbula, conteniéndose para no estallar.

—¡Cállate! —rugió Dionisio, dando un paso hacia ella—. ¡No te atrevas a usar su nombre para justificar tus mentiras!

—¡No miento! —gritó Tina, desesperada—. ¡Revisa tu teléfono! ¡Ahí están los mensajes! ¡Él me escribía todas
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