Llanto en la pradera

El silencio fue brutal.

Dionisio quedó inmóvil. Su rostro perdió color.

— ¿Qué dijiste? —susurró.

—Lo que oyó —replicó ella, con los ojos llenos de lágrimas y una sonrisa torcida—. Su padre y yo éramos amantes.

Lancelot presionó la mandíbula, conteniéndose para no estallar.

—¡Cállate! —rugió Dionisio, dando un paso hacia ella—. ¡No te atrevas a usar su nombre para justificar tus mentiras!

—¡No miento! —gritó Tina, desesperada—. ¡Revisa tu teléfono! ¡Ahí están los mensajes! ¡Él me escribía todas las noches! ¡Me decía que su esposa no lo comprendía, que estaba cansada de vivir entre apariencias!

El inspector levantó la vista.

—Señor Watson… —dijo con cautela—. Cuando revisamos el celular del señor Arturo, efectivamente había un número frecuente, registrado solo como “T”. Los mensajes estaban cifrados, pero logramos desbloquearlos hace unos días.

Dionisio dio un paso atrás, sintiendo un nudo en la garganta.

—Está diciendo… ¿qué es verdad?

El inspector bajó la mirada.

—Sí, señor. Las tran
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