La mañana comienza tibia y tranquila, con el olor del pan recién horneado colándose por las ventanas de la cocina de la hacienda Larousse.
Lancelot terminó de desayunar junto a Dionisio, entre sonrisitas, coqueteos discretos entre ellos y miradas que hablaban más que mil palabras.
¿Ya revisaste las sillas de montar y la línea de potros para la venta? —pregunta Dionisio, con una serenidad engañosa mientras removía su café.
—Desde anoche —responde Lancelot, ajustándose la camisa azul clara y acomodandose el cinturón de cuero—. Solo me falta alistar a los caballos más adultos que venderemos en la feria. Prometo volver antes de la puesta del sol.
Dionisio ascendió. Llevaba una camisa blanca arremangada y un chaleco negro que le acentuaba los hombros. Había algo distinto en su expresión esa mañana: una mezcla de orgullo y ansiedad.
—Quisiera acompañarte pero tengo mucho papeleo.
— Sí, lo sé. No te preocupes, yo me encargo.
Antes de salir, Lancelot se inclinó para rozar sus labios con los d