Cuando llegaron, Mariana los esperaba en la puerta, delantal puesto y sonrisa cálida.
—Vengan, les tengo algo de comer. —Los guió directo a la cocina, donde el aroma de pan recién hecho llenaba el aire—. Necesitan azúcar, café y fe. No necesariamente en ese orden.
Emiliano ya estaba allí, hablando con el padre de Lancelot, y el ambiente, por primera vez en días, se sintió liviano.
Mariana puso frente a Dionisio un plato tan grande que parecía un desafío.
—Eso es mucho —dijo él, sorprendido.
—Eso es justo lo que necesitas. —respondió ella con firmeza—. Hoy se come por los vivos y se honra a los muertos.
Lancelot se sentó a su lado, robándole un pedazo de pan del plato.
—Oye, ese es mi pan —protestó Dionisio.
—No, este es nuestro pan. Desde hace años todo es compartido —dijo Lancelot con una sonrisa pícara.
El padre de Lancelot los miró por encima de la taza de café y comentó, sin levantar la vista del periódico:
—Si van a seguir peleando por la comida, casarse sería una buena idea. Así