Cuando llegaron, Mariana los esperaba en la puerta, delantal puesto y sonrisa cálida.
—Vengan, les tengo algo de comer. —Los guió directo a la cocina, donde el aroma de pan recién hecho llenaba el aire—. Necesitan azúcar, café y fe. No necesariamente en ese orden.
Emiliano ya estaba allí, hablando con el padre de Lancelot, y el ambiente, por primera vez en días, se sintió liviano.
Mariana puso frente a Dionisio un plato tan grande que parecía un desafío.
—Eso es mucho —dijo él, sorprendido.
—Es