Esa noche, subieron al viejo mirador detrás del establo. Se recostaron sobre la chaqueta de Lancelot, mirando las estrellas. El aire era fresco, y el murmullo de los grillos les hacía compañía.
Dionisio rompió el silencio.
—Gracias por no dejarme caer.
Lancelot lo miró de lado, con una sonrisa serena.
—No es por nobleza, Dionisio… es porque si tú te caes, me caigo contigo.
Y sin más palabras, lo besó. Fue un beso tierno, de esos que curan más que cualquier cosa. Bajo las estrellas, el dolor de