Esa noche, subieron al viejo mirador detrás del establo. Se recostaron sobre la chaqueta de Lancelot, mirando las estrellas. El aire era fresco, y el murmullo de los grillos les hacía compañía.
Dionisio rompió el silencio.
—Gracias por no dejarme caer.
Lancelot lo miró de lado, con una sonrisa serena.
—No es por nobleza, Dionisio… es porque si tú te caes, me caigo contigo.
Y sin más palabras, lo besó. Fue un beso tierno, de esos que curan más que cualquier cosa. Bajo las estrellas, el dolor de Dionisio se fue diluyendo, como si el universo lo absorbiera en silencio.
Un año después, el amanecer trajo consigo el bullicio de la hacienda. El padre de Lancelot, revisaba la camioneta con una taza de café en la mano.
¿De verdad piensan irse tan lejos? —preguntó con su tono sereno, aunque sus ojos delataban una mezcla de orgullo y nostalgia.
—Sí, padre. Hawái nos espera —respondió Lancelot mientras subía las maletas a la camioneta—. Y no, no es un capricho. Es una forma de cerrar un ciclo.
Su