—Déjalo salir —murmuró Lancelot al fin, con voz grave—. Llora, Dionisio. Llora por ellos, por ti, por todo lo que te robaron.
Y Dionisio Lloró. Lloró hasta quedarse sin fuerzas. Sus sollozos se fueron volviendo más suaves, más lentos, hasta convertirse en un leve temblor.
La luna, alta en el cielo, parecía observarlos con una compasión muda.
El viento jugaba con sus cabellos, moviéndolos con la suavidad de un suspiro.
—Mi padre me enseñó que el amor era sagrado —dijo Dionisio, con un hilo de voz—. Que un hombre debía proteger lo que amaba, no destruirlo. Pero él mismo murió por amar lo equivocado… y yo… yo soy su reflejo.
—No —interrumpió Lancelot, firme—. No eres como él. Tú no engañas, no dedos. Has amado con pureza, incluso cuando te dolía hacerlo. Eso te hace diferente.
Dionisio lo miró largo rato, sin decir palabra.
El brillo de sus ojos se mezclaba con la luz plateada de la noche.
—¿Por qué sigues aquí, Lancelot? —preguntó al fin, casi en un suspiro—. Podrías haberte ido. No tie