—Déjalo salir —murmuró Lancelot al fin, con voz grave—. Llora, Dionisio. Llora por ellos, por ti, por todo lo que te robaron.
Y Dionisio Lloró. Lloró hasta quedarse sin fuerzas. Sus sollozos se fueron volviendo más suaves, más lentos, hasta convertirse en un leve temblor.
La luna, alta en el cielo, parecía observarlos con una compasión muda.
El viento jugaba con sus cabellos, moviéndolos con la suavidad de un suspiro.
—Mi padre me enseñó que el amor era sagrado —dijo Dionisio, con un hilo de vo