Media hora después, el médico del pueblo llegó a su camioneta junto al inspector.
La casa que había permanecido silenciosa se llenó de bullicio con las sirvientas y peones.
El doctor revisó a Dionisio con calma, tomó su pulso, la presión y la temperatura.
—No hay intoxicación grave —dictaminó—. El cuerpo reaccionó como si hubiera ingerido un estimulante fuerte o un tónico sexual, pero no hay peligro.
Con descanso y mucha agua, se le pasará. Pero les aconsejo que manden a un laboratorio si quedó alguna muestra para su estudio y descartar consecuencias en el futuro.
Lancelot ascendió, sin perder el control.
Le agradeció al doctor y lo acompañó hasta la salida.
Cuando el motor del vehículo se perdió en el camino, regresó a la habitación.
Miró a Dionisio durmiendo, con la piel aún húmeda y el rostro sereno.
Le acarició el cabello y murmuró entre dientes:
—Te juro que nadie volverá a tocarte… nadie.
Se giró hacia el inspector.
—Encárgate del resto discretamente por favor—añadió con voz hel