La ciudad tenía un ritmo distinto los domingos por la tarde. El ruido del tráfico se mezclaba con un silencio raro, como si todos respiraran más despacio. Salí a caminar sin escolta, sin casco de arquitecta, sin carpetas bajo el brazo. Solo un café en la mano y mi celular apagado. Necesitaba olvidar por un par de horas que mi vida se había convertido en una partida de ajedrez contra rivales que no conocían reglas.
La calle estaba casi vacía. Los árboles proyectaban sombras largas sobre la acera