En el quirófano, alguien anuncia una cifra de presión arterial que suena mejor que la anterior. Otra voz dice “estabilizada”. El tiempo vuelve a ser una cuerda más gruesa. La luz no cambia, pero cambia su temperatura.
—Cerramos por etapas —dice el cirujano principal—. Las próximas cuarenta y ocho horas son críticas.
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El reloj del pasillo marca una hora que nadie recuerda haber vivido. La puerta batiente se abre. Un médico alto, de ojos cansados y manos impolutas, se quita el barbijo mientras